Patria Verde | La profesión ancestral de guardar semillas

Patricia dice tener tres pecados: ser mujer, ser guardadora de semillas y ser sumamente insurrecta. Lo último, le ha traído problemas toda la vida. Dos atentados, la quema de la casa de sus padres, un homicidio que aún no se clarifica, y más.

Su metro sesenta lleva consigo una presencia imponente, contrarrestada por su amena sonrisa. Patricia se hace notar, aunque no lo quiera. Incluso antes de tomar el megáfono, antes de subir al escenario o exponer en un foro. Sus ojos verdes pueden ser rojos cuando tiene que defender a las semillas, o gritar contra Monsanto y Singenta.

Patricia además es madre de tres hijos, esposa, hija, profesora, taquígrafa, clarividente, secretaria, agro-ecóloga, actriz, fitoterapeuta, y quién sabe qué más.

A sus 42 años, lo que Patricia no es, es sumisa. Ena Von Baer, Lagos Weber, Carlos Larraín han sido increpados por su potente voz. A la primera le dijo que no le hablara como niña, al segundo que era un chaquetero, y al tercero lo maldijo.

Los dedos verdes

Después de meditarlo mucho y de dejar todo limpio, Patricia Núñez se encontraba escribiendo una carta de suicidio. Una depresión “de esas que te matan” la hacía mirar todas las madrugadas por la ventana, buscando entre los árboles y la noche el sentido a su vida. En ese entonces tenía 26 años, más de dos profesiones y un vacío existencial insoslayable. A media escritura, al lápiz se le acabó la tinta, por lo que en un cajón a su derecha comenzó a buscar uno. En su lugar, del cajón salieron disparadas unas pelotitas rosadas. Patricia, olvidándose por completo del lápiz y de la tinta, se obsesionó por saber de dónde habían salido. Eran semillas, pero ¿de qué? Nunca había visto semillas en su casa. Se propuso hacerlas germinar, y cuando eso pasara llegaría su hora. Pero cuando finalmente supo que eran de cilantro, quiso saber cómo éstas salían, después otra cosa, y así fue engañando a la cabeza. De la misma forma en que brotaba el cilantro, brotó en ella la claridad sobre su rol en la vida.

Así es como Patricia Núñez Ávila dejó atrás el nombre que le otorgaron sus padres para ser nombrada por la naturaleza como “Paty dedos verdes”.

Su nueva vida se apoderó de ella, la primera decisión fue hacer una huerta en el antejarín, le siguió tener más semillas, luego tener más conocimiento en hidroponía, después tenía más semillas que ropa en la casa. “Habré tenido como cuarenta tipos en un mes, dos meses. Entonces empecé a sembrar, a regalar semillas. Al que venía le regalaba […] Entonces caché que habían semillas teñidas y las limpié, y fue como un acuerdo que hicimos. Tú me salvaste a mí, y ahora yo te salvo a ti.

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Un transgénico es una semilla a la que se le inyectan características de otra especie, como el pescado por ejemplo. Así los tomates serán más resistentes a temperaturas bajas. Estas semillas se compran en un pack, con sus respectivos pesticidas e instrucciones. Estas semillas sólo dan fruto una vez. Estas mismas semillas no son de quién las compra, sólo se paga la licencia. La única vez que dan fruto, el agricultor debe darle parte de las ganancias a la empresa que provee (en Chile, Monsanto en su mayoría. El resto Singenta)

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El tronco, los sarmientos y raíces

A diferencia de lo que se pueda creer, en la casa de infancia de Paty nunca hubieron semillas. Tampoco se ubicaba en el campo. Manuel y Loreto vivían en la Cisterna, y luego se mudaron a Conchalí, donde esta guardadora de semillas pasó gran parte de su vida.

Nació el 8 de diciembre del 73, y ochenta y ocho días antes casi queda huérfana de padre, como más de 700 niños a los que el terror, las armas y el régimen los dejó sin este pilar. Manuel Núñez no sólo era profesor, sino que además era comunista; crimen capital de la época. Justo ese día, el once, tenía una reunión con sus compañeros de base en la Universidad de Chile. Loreto Ávila estaba asustada y embarazada. En este estado, y cuando su esposo estaba a punto de salir, le rogó que no fuera. Su linaje de bruja la hacía presagiar que Manuel no debía cruzar el umbral de la puerta. Ese umbral por donde sólo pasaban los dos aún. El mismo por donde ochenta y ocho días después pasaría su hija, y varios años más tarde cruzarían los dos hermanos de Paty: Daniela y Manuel. Acribillaron a todos los asistentes a la reunión esa noche. Desde entonces Manuel Núñez lo pensaría dos veces antes de desobedecer a Loreto Ávila.

Lo mismo le pasa a Gustavo. Él no duda de lo que hace su esposa Patricia. Sobre todo desde aquel invierno financiero, cuando los estafaron y no tenían para vivir y ella sostenía el hogar a punta de hortalizas. “Yo creo que si él no lo aceptara, no podría hacer todo lo que hago. Estoy casi segura de que es mi alma gemela. Una vez nos hicimos una regresión y cachamos que habíamos estado juntos antes, pero por una relación mucho más complicada. Él era un inquisidor y yo era una bruja. Él a mí me asesinó, por eso vinimos a reconciliarnos a esta vida”. Esa reconciliación comenzó a los 16 años de su vida, en tercero medio, y trajo consigo a tres hijos. Intra, la mayor, es tan insurrecta como lo sería su madre si tuviera sus 15 años. Aramis tiene doce y es vegano desde los seis. Le grita a los carniceros que son unos asesinos, y a la gente de ese pasillo en el supermercado que están comiendo cadáveres. Gaspar “se comería toda la carne del mundo” y es tan pasivo como Gustavo. Sus propias semillas, cultivadas y cuidadas dentro de ella, son lo más preciado que tiene.

Esta familia, la de los padres, nunca vivió en el campo ni habían tocado una semilla.

Su abuela sí era de campo. “Yo nunca pesqué mucho a mi abuela, pero ella me enseñó todo lo que yo sé. Me dedicaba a juntar bichos y a pasárselos para asustarla, ella era muy amorosa y media ciega, […] Le decía que había encontrado una semilla y le ponía en la mano los chanchitos de tierra y ella hacía como se asustaba”. Sonríe al hablar de su abuela, con esa sonrisa nostálgica que todos tenemos al hablar de nuestros abuelos, sobre todo cuando dice que no la pescaba. Esa primera enseñanza y lazo con la naturaleza, esa abuela que plantaba con un cuchillo y después entraba a cocinar con el mismo, la misma que hacía leña cuando no alcanzaba para el gas, fue fundamental.

A pesar de esto, Patricia no era así, ella era de ciudad. Ella es de ciudad. Incluso hoy, aunque le tortura el poco espacio en el jardín de su actual hogar, prefiere vivir en Santiago, porque acá las casa están más juntas, lo que dificulta el robo de semillas. Además los aviones fumigadores no pueden pasar a baja altura, “Las semillas no están seguras en el campo”, declara.

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Hace tres años, la mujer de las vestiduras andinas figuraba fuera del Parlamento. Esta vez sin carteles ni gritos; no los necesitaba, a pesar de que era su primer roce con un político. Fulvio Rossi salía de una sesión en la que se discutía la Ley Monsanto, y se disponía a hablar con la gente que esperaba afuera. En voz alta, el Rossi que aún no era pisoteado por el escándalo del SII, apaciguaba a las masas. Hablaba. Hablaba.

Patricia, pareciendo imperceptible; llenaba. Llenaba. Fulvio, desnudo de impresión, como ahora lo está el PS, no podía meterse las manos en los bolsillos. Descubre que estos están saturados de semillas de acelga, para luego escuchar atentamente a la empoderada mujer: “Estas semillas son las que ustedes nunca volverán a ver si aprueban esta ley”. Sin pensarlo, Rossi le pidió el contacto a Dedos Verdes para agendar una reunión con la bancada. Alrededor de dos meses estuvo en conversaciones.

La Ley Mosanto se bajó en marzo del año siguiente.

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Anda a lavarte las patas (sobre su papel en el lobby)

Si bien, ha hecho y estudiado muchas cosas en su vida, entre ellas trabajar para la PDI como clarividente, hacer clases de secretariado, enseñar a construir y cuidar huertos urbanos en colegios para combatir el bullying, y una larga lista con la que podríamos llenar una pesada carpeta, la más importante ha sido su labor como activista, en lo que lleva más de 10 años. Algunos, incluso, la tratan a ella y sus compañeros de “terroristas”, olvidando que son los transgénicos de las transnacionales los que producen enfermedades mortales.

Carlos Opazo fue el primero en llamarla “guardadora de semillas”, día en que ella se enteró de que ese concepto existía y que compartía oficio con quien se lo informaba. Hoy ya lleva 20 años en este trabajo milenario. “Era bien pesado el viejo – y él me dijo tu eres una guardadora de semillas. Yo no entendía, y él me dijo es que esto es así y puede venir de donde sea, tu naciste y lo aceptaste, ya venías con el nombramiento el problema es que tú no lo sabías. Hay mucha gente que no tiene idea, a la cual le pasan cosas que los obligan a cambiar de camino”.

En la primera marcha mundial contra Monsanto, el 2013, la batuta la llevaba una persona. Esa mujer era seguida y escuchada por el público. Esa mujer con trenzas azabache hizo que se sentaran en círculo e intercambiaran semillas al finalizar la caminata. Esa mujer, la dedos verdes nunca tuvo la intención de hacerse conocida, pero el destino no pregunta esas cosas.

“Recuerdo que me senté, y la Paty dijo algo que me llegó, que no me dejó salir de ese mundo. Puedo decir que gracias a ella estoy aquí, luchando”, cuenta Rodrigo Marín cabecilla de la organización “Chile sin Monsanto”, cansado luego de ayudar a construir una ruka en parque O’Higgins. Proyecto del que la activista también participa. Sudando. Sudando y contento luce Rodrigo. La Patricia deja huella.

Cual evangélico, se planta en una plaza, en una metro, en Paseo Ahumada, a informar. El prejuicio occidental la ignora, pero el Auditorio Jorge Müller del Instituto de la Comunicación y la Imagen de la Universidad de Chile la escucha. No usa traje, corbata, boletas falsas. “No soy una vieja loca ni inconsciente ni ignorante. Soy una persona que de verdad está peleando por cada uno de ustedes. Como yo siempre digo, cuando mi hijo me pregunte “¿Qué hiciste cuando pasó todo esto?”, yo lo voy a decir todo lo que hice po y con la cara bien en alto. No sé si los otros va na poder hacer algo cuando nos reclamen las futuras generaciones”, declama, casi, a la asamblea.

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Patricia canta. “A veces no suena, se taima”, dice preocupada enseñando su tambor. Lo golpea. Su instrumento originario de los indios Hopi se digna a sonar. La activista se alivia al oírlo. Fuerte. Está hecho de cuero de asno ¿cómo lo sabe?, es el único cuero que se puede tallar, ya que es de doble piel. Llegó a sus manos en una junta ceremonial, una de las primeras. Ella odiaba los tambores, le daban cosa, sin embargo no pudo decirle que no a éste. La plata llegó sola.

Patricia sigue cantando. Llama a las personas a entrar a un foro al que fue invitada a exponer sobre el TPP. Toda forma de llamar la atención es válida. Unos la miran, otros no la pescan. Otros se levantan

-¿Vamos?

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Dentro del Lobby, al que llegó “de metía no más”, encontró cosas desagradables. Sin lugar a dudas la mayor venía acompañada de una voz aguda, hipócrita. Pensar que ese era el mal menor se justifica al conocer sus palabras. “A mi la Ena Von Baer un día me dijo: “Ay, pero si ustedes quieren sus semillas… privatícenlas y así las van a tener todas suyas”. Esta gente no entiende que la semilla es un patrimonio de la humanidad […] son de la tierra. Nosotros somos los que nos apoderamos de todo”. Y claramente, la naturaleza no se rige por la privatización, y la Paty menos. El show de Von Baer continúa cuando se dirige a pobladores Aymara y les dice “miren, yo sufro lo mismo que están sufriendo ustedes cuando ustedes hablan mal de mi papá”, extraña metáfora.

A Patricia la miran en menos, la han mandado a lavarse las patas, a limpiarse la tierra, el barro. Ella jamás ha titubeado en su opinión al respecto. “Cuando uno se enoja con alguien, le tira barro, cuando chico hacíamos tortas de barro. ¡Pero si el barro es tan honroso! Cuánto me gustaría mancharle su alfombra con barro”.

Round up: la cicuta

Los cultivos genéticamente modificados necesitan herbicidas especiales. El más utilizado se llama Round up y su mayor componente es el glifosato, causante de múltiples enfermedades y presente en todos los alimentos cultivados bajo la marca. Monsanto se ha empeñado en defenderlo, como la UDI a Guzmán.

A Patricia, la han fumigado en la cara una y otra vez.

La casa de sus padres fue quemada un 19 de enero. Tres días después debía liderar la marcha tri-nacional contra Monsanto. La misma casa donde crecieron. La misma donde su padre decidió entre la vida y la muerte.

Cuesta ordenar los datos, pero esta fumigación con glisolfato contra Patricia comienza en Llay-Llay, cuando todas sus ovejas fueron degolladas en una oscura noche. La PDI, como no es novedad, se lavó las manos, desviaron la culpa hacia un puma. Todo esto mientras el SAG aseguraba la inexistencia de pumas en el sector. Algo parecido pasó, en otra vivienda, con sus tres perros, que amanecieron atravesados con un hacha. El puma, quizás.

Cinco días antes de tener que viajar a Santiago para interpelar a Ricardo Lagos Weber, el avión fumigador bajó brutalmente. Su mejor amigo, el mejor amigo de toda la vida, yacía colgado de un árbol sin indicio alguno que lo hiciera parecer un suicidio. Esta semana exhuman el cuerpo, y aún se investiga. El puma. El Round up.

Terrorista

Las personas no se avisan con antelación más que con un “vamos a tomar mate”. El mate puede o no convertirse en trenzar una especie de “boladora” llena del “cereal de los dioses” del imperio Inca. El amaranto, entre todos sus atributos, el que más destaca es que literalmente mata a los cultivos transgénicos. Bombitas de Fufoca, se llaman, en honor al japonés que las creó. “Él cachó que habían plantas que tenían hongos, y les puso unos químicos y todas murieron menos una, que estaba guardada en otro lado sin ningún tipo de cuidado, y sin embargo fue la única que sobrevivió. Entonces a él le dió un ataque mental y dijo.. “chuta parece que nosotros no tenemos nada que ver con estas plantas”, y se fue a encerrar a una cueva para hacer sus experimentos con semillas”. Al amaranto no le hace ningún daño el glifosato de los herbicidas, sino que se llena de las fuerzas de las raíces de los cultivos transgénicos, debilitándolos hasta el extremo.

La gente se encapucha. Anda en bicicleta tranquila y suspicaz a la vez, encuentra un buen lugar, y lanza la bomba. Suena simple, pero uno se despide insensiblemente de las pequeñas cosas.

Patricia, como el Amaranto, resiste el glifosato que viene en el Round up. Por más pesticida que le echen encima, la resiliencia es mayor. El “terrorismo” ambiental personificado, al que tanto le temen los ministros. A esas y esos activistas que sin gota de fuego bajaron las hectáreas de cultivos transgénicos de 9 a 3millones les temen, los evitan y persiguen aún en democracia.

Y no se rinden.

-Si de nueve bajamos a tres, es porque algo está sucediendo.

Por: Fresia Ramírez, 2016

Post Author: Tomate Rojo

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