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Alguna vez tuve un duraznero

De mi niñez recuerdo que cuando inauguraban una población nueva, cada casa traía un árbol a medio crecer. El árbol que venía con mi casa murió a los pocos días. En realidad, se lo robaron. Así que mi madre lanzó al patio trasero un cuesco de durazno, sin mayores pretensiones.

Todos los días salía a verlo, pero no veía nada. Me olvidé de su existencia. En la escuela tenía una profesora que nos hablaba del medio ambiente, nos inculcaba dos cosas: “no boten basura al patio y planten árboles”. Gracias a ella recordé el cuesco plantado por mi mamá.

No tengo mayores detalles de qué día fue exactamente, pero le hice una taza y lo regaba todas las tardes. Así fueron pasando los días y el árbol creció bastante. Llegaban muchos pájaros, en especial chincoles y gorriones.

El duraznero daba de tres a cuatro duraznos por año; eran de un color rojo y medio verde, grandes y jugosos. Como en mi casa no sobraba la plata, mataba el tiempo plantando cualquier cosa que sobrara: ajos, lentejas, tomates y porotos. Brotaban y después se secaban, pero el durazno seguía creciendo.

Llegó un año -debe haber sido el 2003- en que el duraznero dio muchos frutos. Eran tantos que las ramas apenas podían sostenerse. Coincidió con que mi papá no tenía trabajo, así que junto a mi hermano y mi mamá decidimos venderlos por la población.

Sacábamos muchos todos los días. Llenábamos una tina de esas que tienes cuando eres guagua. Ese año el duraznero se portó bien con nosotros, quizá porque nos estaba agradeciendo. Luego pasaron los años y nunca más nos dio duraznos. 

Mi mamá decía que el árbol se enojó porque vendimos sus frutos en vez de regalarlos. Finalmente, mi papá lo podó y nunca más tuvimos sombra en el patio.

Es curioso que en los colegios ya no le enseñen a los niños y a las niñas los nombres de los árboles y de los pájaros… se perdió eso. Tuve suerte. También llama la atención que no haya una aplicación decente para esa falencia de nuestra vida acelerada.

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