Una columna de sobre autodeterminación territorial de Francisca «Pancha» Fernández Droguett, integrante del Movimiento por el Agua y los Territorios MAT y de la Escuela Popular Campesina de Curaco de Vélez, del Colectivo Cueca Sola y la Gran Morenada de La Memoria Cerro Blanco, parte de las articulaciones Feministas del Abya Yala y Mujeres y La Sexta.
El avance de la ultra derecha en Chile y la continuidad del neoliberalismo por parte de los gobiernos progresistas, han reposicionado con fuerza la urgencia de seguir hablando sobre autodeterminación y autonomía de los pueblos como espacios de disputa pero también de construcción fuera de los límites que nos impone el sistema de vida actual, anclado históricamente en el capitalismo.
Como lo he señalado en escritos anteriores, la normalidad es el problema, esa normalidad que naturaliza la mercantilización de todo lo que nos rodea, la propiedad privada, la heteronormatividad, y tantas otras prácticas vinculadas a las violencias estructurales.
La autodeterminación territorial sin duda es una posibilidad, entre muchas, de vivir y proyectar nuestros modos de vida digna, en la casa, en el barrio, en la ciudad y en el campo, con nuestras amistades, familias y organizaciones. No sólo se refiere a una autonomía espacial de un vasto territorio sino también interpela a nuestras propias corporalidades. El territorio remite a un habitar cruzado de vivencias y temporalidades diversas, de materialidades pero también de senti-pensares, como nos recordaran los autores colombianos Orlando Fals Borda y Arturo Escobar.
Senti-pensarnos desde y con la naturaleza quizás sea hoy el mayor desafío ante su colonialidad y cosificación, para quienes hemos tenido que recorrer un largo camino de reconexión.
Encuentros necesarios
Hace unos días tuvimos una hermosa jornada de encuentro con organizaciones de Quintero, y sus alrededores, territorio conocido por la contaminación y el despojo provocado por la presencia hace décadas de un cordón industrial compuesto por refinerías, plantas químicas, fundiciones y termoeléctricas, siendo conocida como zona de sacrificio.

Hablamos de un territorio, no una “zona”, y en sacrificio, mientras se mantenga el modelo actual de producción energética y de consumo, pero sobre todo de un territorio en resistencia y permanente construcción de otros mundos.
La jornada se desarrolló a fines de enero en la sede del emblemático Sindicato de Pescadores Artesanales S-24 de Quintero (del cual fue parte de su creación Alejandro Castro, pescador y activista, quien apareciera muerto “por suicidio” en extrañas circunstancias en Valparaíso), en el marco de la difusión de la campaña “Chao Fósiles: ¡soberanía energética ya!”.

Compartimos la visión de vivir en tiempos de ecocidio, terricidio o también de profundización del capitaloceno, ya que la crisis ecológica y climática no es responsabilidad de los pueblos y las comunidades sino de las empresas, de grupos económicos y los Estados naciones, que han perpetuado su poder desde la acumulación de ganancias a través del control y la explotación de cuerpos y territorios, de lo que hoy llamamos sur global.
Hoy los territorios no sólo han sido devastados por el extractivismo (minero, forestal, agrario, …) sino también por las falsas soluciones (complejos eólicos, fotovoltaicos, explotación de litio e hidrógeno verde, …), las falsas noticias y discursos engañosos, que hablan de economía verde cuando en realidad es lo mismo de siempre, pero ahora con una careta de supuesta sustentabilidad para una transición energética justa, ¿pero justa para quiénes? Para nosotrxs no.

¿Y cómo pensar una autodeterminación en estas condiciones? Sin duda tarea nada sencilla pero que nos pusimos como objetivo para dar cierre a la jornada.
La autonomía alimentaria ocupó un lugar central, a través de la creación de huertas familiares, vecinales y comunitarias, y de redes de abastecimiento popular. Se planteó la necesidad urgente de reforestar con árboles nativos, y así recuperar y crear nuevos cuerpos de agua. Se conversó sobre la necesidad de consolidar y ampliar una red de monitoreo comunitario para analizar la calidad del aire y las aguas, pero sobre todo se habló de sanar tanto las personas como la propia naturaleza, y con ello abandonar el miedo y la angustia que hace décadas viven por efecto de la contaminación.
Tiempos de sanar, de cuidar y restaurar, de manera colectiva y permanente. Ese es y seguirá siendo el mayor desafío, para que nuestras luchas acuerpen memorias de resistencias de ayer y de hoy.
Columna originalmente publicada en Desinformémonos. Fotografías de Nube Huentén, equipo Tomate Rojo.



