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“Es la primera vez que riego con una manguera, profe”: aprender de los brotes

Por: Denis Rodríguez, Fundación La Milpa

“Es la primera vez que riego con una manguera, profe”, me confesó una estudiante con una sonrisa tímida pero genuina.

Me explicó que vivía en un departamento alto y que, hasta ese instante, no había tenido la oportunidad de hacerlo. Aquel día, le enseñé a controlar el chorro: a regular la presión para un disparo fuerte y focalizado o para hacer lluvia fina y a poner la manguera a contraluz para generar un arcoíris, aproveché de contarle que este es, en realidad, un círculo completo que no podemos ver desde el suelo.

Regando el patio a manguera
Regando el patio a manguera

Luego, dejamos el agua correr libre sobre la tierra. Los niños excavaron un canal que bautizaron “Río Mapocho”. El flujo formaba islas, deltas y modificaba la orografía del patio en tiempo real. Era erosión controlada, geografía viva donde el agua dibujaba los secretos de infiltración del suelo. Observar cómo la tierra absorbía el líquido era entender que el suelo tiene memoria y sed, y que cada gota cuenta una historia geológica.

Nuestra relación urbana con el agua suele ser meramente mercantil: pagamos lo que consumimos y por lo tanto, no debemos desperdiciarla. Sin embargo, el agua no se pierde cuando llega al mar, ni se gasta cuando la absorbe la tierra.

Somos parte integral de su ciclo; nos constituye.

El agua que cae alimenta el suelo, el agua se cultiva. Los estudiantes que juegan con ella se estimulan sensorial e intelectualmente; inventan y experimentan la física de los fluidos y la biología de la vida sin saberlo, tocando la ciencia con las manos embarradas y a veces mojándose un poco más de lo apropiado.

El potencial didáctico del agua es casi infinito; enriquecer esa experiencia lúdica con teoría es el verdadero desafío educativo. Si los niños juegan con agua, estamos invirtiendo en saberes y regeneración. Estamos circulando el ciclo, recordando que la naturaleza no es un recurso estático, sino un flujo constante. Al final, bajo el sol del patio, aprendimos una lección vital: el agua con la que juegan niñas y niños no se pierde, solo se transforma y nos transforma.

Colaboración de Fundación La Milpa y Tomate Rojo.

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