Denis Rodríguez es Periodista y gestor de talleres de Educación Ambiental orientados a las niñeces. A partir de su experiencia, nos comparte una serie de columnas mensuales en las que aborda su experiencia y rol en la Fundación La Milpa. En esta columna pensamos en un país imaginario, donde la semilla acompaña a cada estudiante y al terminar cuarto medio se le entrega un sobre que lo podría acompañar su vida entera, y la de sus hijos.
Lamentablemente, en muchos sentidos, nuestro sistema escolar existe disociado de la vida, y eso tiene consecuencias que no podemos dimensionar: en los impactos inmediatos, en las relaciones sociales, en la formación de profesionales y en las políticas públicas.
Por lo menos, podemos hacer un ejercicio: dejémonos llevar por la loca nave de la imaginación para pensar un mundo fantasioso donde se enseñe sobre la semilla y su potencial complejo.
¿Qué pasaría si en los colegios enseñaran sobre la semilla?
Y no quiero decir que exista una infografía en la página 43 del libro de Biología, sino que se enseñara el potencial, la teoría y la práctica de cultivar tus propias semillas y guardar tu propia historia. El potencial educativo de la semilla: metáfora añeja y nueva a la vez. Con el simple hecho de tener un banco de semillas funcional en cada colegio, tendríamos una sociedad radicalmente diferente.

Se puede enseñar toda la historia de la humanidad con algunos platos de comida: el arroz, el trigo y la cebada de Eurasia; el frijol, el zapallo, el choclo o la quinoa de América. Se puede enseñar multiplicación y exponencialidad al reproducir granos y pepas. Incluso podría estudiarse la genética repitiendo los experimentos de Mendel, cruzando controladamente variedades notoriamente diferentes.
La teoría es infinita, pero ya contamos con ella. Para sostener un banco de semillas en cada colegio necesitamos poca infraestructura: cajas de cartón, un refrigerador pequeño, tierra cultivable y un par de profesionales capacitados.
Pensemos el banco de semillas como un órgano lógico dentro de la escuela, así como la sala de computación o la biblioteca. Por supuesto, cada banco de cada escuela tendría una historia diferente, variedades distintas y costumbres de cultivo ajenas. El de la escuela rural será mucho más abundante que el de un colegio urbano, pero quizás en las capitales densas se cultiven porotos para macetero que conquisten los balcones. A fuerza de lo que sobreviva, las semillas se irán adaptando; cada colegio tendrá su sello y su historia contada en semillas propias.

Los intercambios escolares y la costumbre de quien fue educado para reproducir semillas aportarán a la propagación y transformación de variedades locales. Y el sobrecito de semillas entregado al terminar cuarto medio podría acompañar a quien egresa su vida entera, y la de sus hijos.
Un país ficticio, donde los Servicios Agrícolas, los Institutos y las Universidades no sean caballos de Troya, tendría un campo de investigación fertilísimo y abundante con bancos de semillas escolares en cada institución. ¿Cuántas variedades? ¿Cuántas propiedades nuevas? ¿Qué aplicaciones prácticas podrían existir?
Lamentablemente, la abundancia es barata y la escasez es rentable. La necesidad de controlar, de acaparar hasta la última molécula vendible que produce lo vivo, nos atrapa en un mundo que nos cuesta demasiado caro.
Colaboración de Fundación La Milpa y Tomate Rojo.



